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miércoles, 9 de abril de 2014

EL BANCO ACÚSTICO DE LA ALAMEDA



Aunque pueda parecer una simple curiosidad, detrás de este banco acústico se esconde una historia similar a la de Romeo y Julieta pero, en este caso, a la gallega.

Hoy por hoy no es muy conocida aunque todavía hay algunas personas, mayores sobretodo, que la recuerdan.  Los protagonistas son vecinos de Santiago, Maruxa Castro y Manuel Pampín. Ambos nacidos antes de la guerra civil se conocieron unos años previos a que esta estallase, aunque se habían visto alguna vez por las calles santiaguesas, cuando Manuel salía del colegio y Maruxa iba a los recados con su madre.
Manuel de familia medianamente adinerada, católica y con siete hermanos era muy popular en su clase, tenía bastante carácter y un gran sentido del humor y aunque respetaba a los adultos, de vez en cuando, les tomaba el pelo. Por su parte, Maruxa era una niña sin ninguna educación religiosa, su padre, partidario del partido comunista, era reacio a tener algo que ver con todo lo religioso, sin embargo era tranquila, alegre y muy respetuosa con todo el mundo. Nunca se metía en ningún jaleo y por supuesto, acompañaba a su madre y a sus dos hermanas a donde fuese, no solía quedarse sola. Creo que Maruxa era vecina de la familia de las que hoy conocemos como ‘Las dos Marías’.

Sobre 1934, casi 35, Maruxa tenía 14 años. Era muy inocente pero ya empezaba a hacerse cargo de las tareas del hogar y de los recados. Como siempre desde pequeña, pasaba por delante del colegio de Manuel, que era de la misma edad. Hasta que un día ella se fijó en él, en su aspecto cuidado y sus zapatos nuevos sintiendo algo que hasta entonces nunca había sentido. Envidia. Cuando Manuel se dio cuenta de que lo estaba mirando, empezó a gritarle y Maruxa bajó la cabeza y salió corriendo sin destino fijo. Manuel salió detrás de ella. En algún momento Maruxa acabó sentada, agotada y cabizbaja, en este banco. De repente escuchó una voz a su lado, miró pero no había nadie sentada con ella, sin embargo seguían hablándole. Alguien le preguntaba por qué se había quedado mirando tanto tiempo delante del colegio. Cuando miró al frente se encontró con Manuel en la otra esquina, devolviéndole la mirada y con aspecto algo enfadado. No le contestó e intentó parecer indiferente pero no pudo evitar ruborizarse. 
Como buena gallega, Maruxa acabó por contestarle con otra pregunta. Quería saber cómo hacía para hablarle desde tan lejos y que pareciese que estaba al lado. Manuel le contó cómo funcionaba el banco y lo mucho que le gustaba esa zona de la Alameda. No sé cómo siguió la conversación salvo por el final, y es que quedaron en verse en el mismo sitio dos días después.

Así fueron pasando las semanas, con los dos sentados cada uno en una esquina del banco, contándose sus secretos, sus vidas y sus inquietudes. La envidia que sentía en un principio Maruxa fue desapareciendo y transformándose en aprecio, por su parte Manuel estaba fascinado con aquella chica que no creía en nada y que se ruborizaba a la mínima.

En este banco comenzó todo. Los dos amigos, un buen día, decidieron abandonarlo para pasear por el parque juntos. Y así siguieron, viéndose cada dos o tres días y paseando. Hasta que un día Manuel no apareció en el banco.

Maruxa seguía yendo, se sentaba en el extremo de siempre y miraba cómo pasaba la gente por la parte de abajo, pensando en sus cosas y en voz alta, echando de menos a su querido Manuel. Tras dos semanas, dejó de ir. Las cosas se estaban poniendo complicadas en casa. La familia de al lado había sido asesinada y a las niñas les habían hecho cosas horribles así que la madre de Maruxa la obligó a ir todos los días a misa con ella, aún con las discrepancias del padre.

Un domingo decidieron ir a la misa de las 12 de la catedral. Vistieron sus mejores galas y se cubrieron la cabeza con un pañuelo al entrar. Ese día la madre decidió sentarse por los bancos del medio, al lado del pasillo exterior, para que todo el mundo pudiese verlas, era noviembre de 1936. No sé en qué momento Maruxa se dio cuenta de que en la otra esquina de su mismo banco estaba un padre con su hijo y una mujer. Los padres de Manuel y Manuel. Inconscientemente lo saludó entre susurros pero Manuel no la escuchaba, estaba atento a lo que leía el sacerdote. Maruxa empezó a agobiarse y miró al frente. Cuando llegó el momento de darse la paz, para su asombro, Manuel no la reconoció. Ella se quedó mirándolo fijamente intentando hablarle con los ojos mientras le agarraba la mano pero él la soltó rápidamente.

Al salir de misa Maruxa salió corriendo, la madre le pidió que no se retrasase y que estuviese pronto en casa para comer, cosa que Maruxa no escuchó. Esta vez corría con un destino fijo. Cuando llegó al banco acústico de la Alameda vio a alguien más ahí. Manuel. Se sentó en la esquina y escuchó cómo él le preguntaba por qué se había quedado mirando en misa. Ella no contestó e intentó que pareciese que no le afectaba, pero no pudo evitar ruborizarse. Para cuando se decidió a preguntar por qué había desaparecido escucharon unos tiros. Ambos se cogieron de la mano y salieron corriendo por el parque a esconderse asustados.

Cuando todo se hubo calmado decidieron volver a sus casas. Sus padres no estaban, y cuando digo sus padres, me refiero a que no estaba el padre de Manuel en la de este ni el padre de Maruxa en la de esta. Parece ser, por lo que le contó la madre de Manuel entre sollozos a su hijo, su padre participaba en ejecuciones que se hacían todas las semanas a los partidarios de la República. Por lo que la madre de Maruxa le contó a esta entre sollozos, a su padre se lo habían llevado poco antes de que ella llegase de la catedral, por comunista y ateo.

 Maruxa olvidó el banco. Pasaba los días con su madre, que había caído en depresión, y con sus hermanas estudiando el catecismo. Manuel la esperó allí, cada dos días y todos los domingos en la catedral. En 1938 la madre de Maruxa murió, o se dejó morir más bien y Maruxa que no encontraba consuelo, decidió salir de su rutina para dar un paseo por la Alameda, a pesar del peligro que corría al pertenecer a su familia.
Sin quererlo ni pensarlo sus pasos la llevaron hasta el banco, era un domingo. Se sentó cabizbaja, agotada. Cuando levantó la cabeza vio a un chico sentado en la otra esquina. Callado, mirándola. Ella, triste y sin ganas, le preguntó por qué la miraba. Él no contestó pero parecía afligido y seguía mirándola fijamente, como queriendo decirle algo. Al poco llegaron unos guardias, agarraron a Manuel que peleaba contra ellos y se llevaron a Maruxa pero  antes de que éste pudiese llamarla se escucharon unos tiros.

Manuel no volvió por este banco. Ni siquiera volvió a pisar la Alameda, ni volvió a misa.


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Y por supuesto, toda esta historia es una invención.

martes, 4 de febrero de 2014

No es otoño

No es otoño pero las hojas, como los mitos, caen al suelo. Todo gana color pero empieza el frío. Y es ahora, de repente, cuando empieza a llover y las hojas, los mitos y las ilusiones se pudren en charcos que no llevan a ninguna parte. No es otoño y se agradece porque el otoño era de tus estaciones favoritas y me gustaría que siguiese siéndolo. Porque cuando las hojas caían tú andabas sobre ellas y los charcos… los charcos los saltabas. Pero no es otoño. Es invierno y fuera sigue haciendo frío, más si cabe. El invierno nunca ha sido de tus estaciones favoritas, aunque te anestesie y los árboles se muestren tal y como son.

miércoles, 22 de enero de 2014

A aquellos seres nocturnos

Lo que haría un escritor en la luna sólo el que lo esté por escribir lo sabe pero quién me diera observarlo en su escritorio, con su bolígrafo y sus mil garabatos y textos empezados. Quién me diera ver lo que por sus ojos él vería y sentir lo que en su corazón él sentiría. En un lugar tan lejano a todo esto, tan maravilloso, oscuro y resplandeciente. En un lugar donde se está tan solo y se es  minúsculo.
Quién me diera saber lo que un escritor compondría en la luna y para quién lo haría.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Cosas ajenas

Si el tiempo se para que la razón sea tu sonrisa, la meta que me brillen los ojos. Si se ausenta que nos pille de frente, que tu alma roce la mía. Si se relaja que sea para recuperar el perdido. Y el aliento. Que el tiempo se pare, sólo te pido eso. Que nos reconozcamos un día por primera vez y las horas dejen de pasar. Que seamos perecederos, sin tiempo pero con razones, metas y alientos compartidos. Que tu mano, sin tocar la mía la sostenga y me eleve. Que seamos polvo de estrella girando por encima de un planeta, exhalando el aire frío y sintiendo el escalofrío de encontrarnos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

¿Quién no quiere mejorar?

Ser mejores, ¿cómo? No podremos avanzar ya no sólo como nación, sino como sociedad, hasta que se valore como se merece el papel de la educación como base de nuestro desarrollo. Hasta que nos sentemos y le dediquemos el tiempo que sea necesario a mejorar este sistema que cada vez deja más que desear y nos afecta negativamente.

Tomémoslo como una honesta inversión a largo plazo, sin volver al pasado, sin intereses de un pequeño colectivo, trabajando duramente en el presente. Avanzando.

A fin de cuentas todos – absolutamente todos – somos producto de una “mala educación”, en el sentido más amplio del término, la cual idealizamos y sentenciamos tajantemente como definitiva. La educación se renueva, revoluciona y vibra, es curiosa y mueve masas, desarrolla nuestro potencial y no se estanca, forja nuestro futuro, nos hace más humanos, más libres y en parte por ello, más sabios. Mejores.

Es una auténtica pena que aunque esto no sea nada nuevo haya gente que haga lo imposible por olvidarlo; por conseguir que las aguas de ese gran estanque no se abran al océano.

lunes, 23 de septiembre de 2013

La ventana discreta

Hay lugares que tienes que respirar, escuchar y mirar con atención para descubrir que no son tan inhóspitos como parecen en un principio. Lugares como en el que estoy en este preciso momento. 

Este sitio sucio, con ruinas de una antigua fábrica de la que extrañamente no todos conocen su historia, huele a mar de una forma peculiar. Da la sensación de que en tus pulmones se forman oleajes de ese agua salada y pura que rompen con fuerza en el silencio de una noche oscura y vacía de un barrio oscuro y vacío, con casas oscuras y vacías, en su mayoría. Aun así en algún edificio hay ventanas abiertas con luces encendidas y ningún movimiento salvo el de las cortinas. Esto invita a sentarte en el escritorio mientras los demás duermen y disfrutar viendo cómo pasa el camión de la basura que de una forma rara te atrapa con su luz naranja intermitente.

Momentáneamente el odio a todo esto se disipa sin saber muy bien por qué, sin nada especial, nada de esas cosas que hacen vibrar y reír un día normal pero bueno, hoy la noche me sonríe, parece que esta noche también cuenta de una forma u otra y me regala un poco de cariño que con otra sonrisa le devuelvo.


Hay lugares que pasan desapercibidos. Hay lugares que tienes que respirar, escuchar y mirar con atención para descubrir que no son tan inhóspitos como parecen en un principio. Lugares como en el que estoy en este preciso momento.  A este sitio sucio, con ruinas, oscuro y vacío hay que odiarlo mucho para quererlo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Observaciones y locuras

La sombra se camuflaba entre las nocturnas y húmedas calles de piedra creyendo (y esto sólo es una suposición) que la luz nunca llegaría, sin plantearse siquiera si el segundero continuaba con su cíclica travesía o si por algún casual se había detenido junto a su vida.
Sin embargo intentaba aprovechar cada momento como si del último se tratase, como si no fuese un obscuro cúmulo de denso humo, como si no le costase lo más mínimo, como jugando a las apneas con una sonrisa. Lo intentaba sin razón alguna pero desesperadamente llamando la atención de cualquiera que, a su vez, se hacía el loco.