Hoy me he levantado con el corazón lleno y un no sé qué en
el alma que invitaba a llorar. He podido mirar por la ventana mejor que otros
días, sin dudas y he soñado el mundo entero. Hoy he despertado joven porque
esta noche luché dormida. Hoy me he encontrado ideas blancas naciendo entre mi
pelo y he sonreído porque son pocas pero las he visto. Hay algo especial en el
ambiente esta mañana, el aire no es el mismo y el salitre no huele igual. Los
barcos anuncian su llegada y las sirenas invaden el puerto, cuando el agua
acaricia el pantalán. Hoy no existe
mañana y tampoco existió ayer, hoy existe ahora y ahora cuenta para siempre.
Siempre. Hoy es eterno y una vez más: hoy he despertado con el corazón lleno y
un no sé qué en el alma que invitaba a llorar mientras vivo para siempre.
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domingo, 13 de julio de 2014
domingo, 22 de junio de 2014
Microcuento:
Aquel día el ambiente estaba tenso. Había un silencio incómodo plagado de momentos pasados y nostalgia. Aun así todas sonreían porque es lo que hay que hacer.
Ninguna sabía por qué sentían tristeza y cada una lo hacía a su manera cómo no, siempre a su manera porque es lo que hay que hacer. Son aquellas pequeñas cosas, como decía Serrat, que nos dejó un tiempo de rosas. Rosas con pequeñas espinas de felicidad que se clavaban en sus grandes y resistentes corazones, quizás excesivamente desprotegidos en un mundo que estaba a bajo cero, incluso en verano. Pero un mundo, a fin de cuentas, que las había unido de forma natural.
Minicapítulo 1: AlfilObserva y ríe. Siempre ríe. De alguna forma es capaz de conectar con los demás sin decir una sola palabra. Trabajadora, como la que más y humilde como nadie. Quizás de todas la que más ha cambiado transformándose en un ejemplo de superación difícil de imitar. Cabeza pensante, responsable y flexible. Afable. Buena.
Los calificativos positivos no llegan para ella. Nunca escucharás una palabra más alta que otra de sus labios porque no le hace falta. A ella se le escucha de la misma forma en la que los náufragos observan un faro. Con atención y consuelo.

Minicapítulo 2: Torre
Alegre y resistente. Fiestera y madura, siempre sociable. No creo que exista una sola persona con la que no encaje o a la que no encante.
Natural, porque para qué va a ser de otra forma, si no la hay mejor. Gran potencial con un gran pellizco de iniciativa. Acento que repiquetea, como un día de lluvia fina en Santiago. Del sur pero de alguna forma siempre encontrando el norte. Brújula y triángulo de las bermudas. Hermosa por dentro y por fuera.
Minicapítulo 3: Caballo
Terremoto. O ciclón más bien. Nunca deja a nadie indiferente, eso sería como desafiar a la más probada de las leyes de la Física. Hogar, donde quiera que esté. Espíritu inquebrantable y con miles de cartuchos cargados de munición verbal. Torbellino de emociones. Malabarista de tiempos que saca hasta de debajo de las piedras. Soñadora irremediable que patea calles como el pasillo de su casa. Es consciente de que algún día se comerá el mundo, si quiere, porque de momento lo moldea a su gusto.
Minicapítulo 4: Reina
Tú la ves sonreír, un buen día y después de contarle un chiste malo, puede que hasta terrible, y te das cuenta de que ve lo que le rodea de forma diferente. Vive el momento de una forma muy peculiar. Sin prisas, sin pausas, sin presiones pero con orden. Su orden.
La calma después de la tempestad y con aspecto jovial. Con un ingenio que de vez en cuando se le escapa a borbotones y otras veces se guarda para ella. Con mucho que aportar a todos, con poco que esconder y con algo especial que envidiar.
Después de cuatro años de capítulos resumidos en cuatro secciones que no les hacen justicia, me veo anunciando un ‘jaque’ a la vida. Un poco más cerca de mi objetivo, casi a punto de completar el nivel y con unas valiosas piezas a mi lado, cada una distinta e imprescindible. Perfectamente talladas.
Pues eso, Vida: Jaque.
viernes, 9 de mayo de 2014
Humanidad y otras tecnologías
Últimamente he estado pensando en las relaciones humanas
y cómo las nuevas tecnologías influyen en ellas. He leído muchas críticas tanto
negativas como positivas sobre lo malo que son los teléfonos móviles, las redes
sociales y el ordenador para nosotros. Situaciones como quedar en una cafetería
con tus amigos, o quedar para comer y estar pendientes del teléfono está a la
orden del día pero ¿hasta qué punto la causa de este comportamiento son esas
pantallas?
La forma de relacionarnos está cambiando. Es algo que
pocos se atreven a negar. Evolucionamos.
Estamos en constante evolución y en constante cambio y, centrándome en los
móviles, las necesidades comunicativas cambian. Simplificando mucho, supongo
que en un principio nos llegaba con hablar en persona, transmitir un mensaje a
alguien que estuviese delante. Más tarde la necesidad de comunicarse a través
de la distancia nos llevó a la utilización de teléfonos fijos, cabinas etc.
Pero eso no bastaba, a veces el mensaje no llegaba porque no estábamos cerca
del teléfono para recibirlo y entonces aparecen los móviles. Maravillosos
móviles. Poder comunicarse con
alguien en cualquier momento, en cualquier lugar, es una bendición. Vuelve a
aparecer un problema y es que, en ocasiones, no se puede responder al teléfono.
Llegan los SMS, derivan en el Whatsapp, Telegram u otro tipo de aplicaciones de
mensajería instantánea. Ya no sólo somos capaces de comunicarnos en la
distancia, sino que también somos capaces de hacerlo en el tiempo y de una
forma mucho más eficiente que por correo ordinario.
Volviendo a lo que decía al principio, hay críticas de
todo tipo en lo referente a de qué forma nos afectan estas nuevas herramientas. Desde mi punto de vista
no hay nada de malo, obviamente con un consumo responsable, ese consumo que no hacemos pero de nuevo: ¿hasta qué
punto la causa de este comportamiento son esas pantallas? ¿Y si esta adicción
no es más que un síntoma? ¿Y si la falta de empatía y la falta de interés por
otros viene por un problema más grave?
Si retrocedemos en el tiempo, muy atrás, hasta el inicio
de nuestra especie, quizás podamos ver de forma más clara nuestra condición animal. Somos animales, somos animales
sociales que se comunican. Ahora volvamos a la actualidad y pensemos cuántos de
nosotros tenemos en cuenta este hecho a lo largo de los días. Dicen, o por lo
menos yo he escuchado, que las personas que tienen perros y dedican gran parte
de su tiempo a ellos son más felices (y eso se nota en el trato con ellas). Me
pregunto si influirá el hecho de que si asumes la responsabilidad de hacerte
cargo del animal te obligas a hacer ciertas actividades que de otra forma no
harías: dar largos paseos, por ejemplo, o visitar parques y zonas con
vegetación… Puede que gracias a ellos nos mantengamos un poco más en contacto
con lo que realmente somos.
Pienso que la clave reside ahí, en este proceso evolutivo
no hemos sido capaces de administrar nuestra inteligencia de una forma sabia.
Pensamos continuamente cómo seguir creciendo, vivimos en ciudades repletas de
ruidos, luces, gente y contaminación. Vivimos en un mundo poco real, una
burbuja que nosotros mismos creamos y dominamos. Vivimos de forma que cuando
pensamos en la Tierra sólo nos viene a la cabeza este mundo inventado, nuestro y de nadie más porque los otros
seres con los que la compartimos están de prestado. ¡Y le echamos la culpa a
los teléfonos de nuestra falta de humanidad! La tala de árboles y la pasividad
ante problemas humanos, ‘de otros humanos’, animales y seres vivos en general,
viene de antes. Progreso, progreso, progreso y locura. Esa locura y ese
trasiego con el que vivimos.
jueves, 1 de mayo de 2014
Atados a los 90
Siento una presión en el pecho y esto sólo acaba de comenzar. Siento que la esperanza se marcha, sin volverse. Miro tus ojos, tristes como nunca los había visto, preguntándome si son los mismos. No me reconozco en un reflejo ya marchito de una juventud aún no marchita, pero casi.
Llueve y molesta, nada crece en los campos fértiles del olvido. Yermo el pasado, desprovisto de recuerdos el presente, o por lo menos de recuerdos vívidos. Perder el tiempo es lo que hago mientras este corre indomable y yo...yo me siento a observarlo como niño que escudriña hormigas. Sin preocupaciones pero esperando algo que nunca llegará, o quizás sí pero a otros.
Una adolescente atrapada en obligaciones que nunca pidió ni imaginó. Un mundo a los hombros del animal más frágil que puedas soñar. Así es la vida, dicen. Así tiene que ser.
Lazos entrelazados de una forma caótica y colores vivos, amarrando pies y manos y quizás, sólo quizás, alguna ilusión. Y ese reloj sin cuerda hace años.
Suspiros de reflexión y preguntas apaciguan el vacío de momentos desperdiciados mientras miles de ideas mal formuladas pero con todo el sentido del mundo se agolpan intentando salir.
Siento una presión en el pecho y esto sólo acaba de comenzar. Y aunque también el final esté cerca, posiblemente envuelva algún que otro regalo con los lazos.
Llueve y molesta, nada crece en los campos fértiles del olvido. Yermo el pasado, desprovisto de recuerdos el presente, o por lo menos de recuerdos vívidos. Perder el tiempo es lo que hago mientras este corre indomable y yo...yo me siento a observarlo como niño que escudriña hormigas. Sin preocupaciones pero esperando algo que nunca llegará, o quizás sí pero a otros.
Una adolescente atrapada en obligaciones que nunca pidió ni imaginó. Un mundo a los hombros del animal más frágil que puedas soñar. Así es la vida, dicen. Así tiene que ser.
Lazos entrelazados de una forma caótica y colores vivos, amarrando pies y manos y quizás, sólo quizás, alguna ilusión. Y ese reloj sin cuerda hace años.
Suspiros de reflexión y preguntas apaciguan el vacío de momentos desperdiciados mientras miles de ideas mal formuladas pero con todo el sentido del mundo se agolpan intentando salir.
Siento una presión en el pecho y esto sólo acaba de comenzar. Y aunque también el final esté cerca, posiblemente envuelva algún que otro regalo con los lazos.
miércoles, 23 de abril de 2014
Cosas
Hay cosas que asustan por lo rápido que pasan. En un pestañeo
tendrás un título bajo el brazo y una maleta bajo el asiento en el tren destino:
‘Ninguna Parte’, o no. Hay cosas que asustan por lo inciertas que son. Hay
cosas que asustan, superas y cuando piensas que has avanzado otro peldaño más
en la vida te encuentras con que todavía estás en la entrada y te queda la escalera hacia la primera planta, de muchas.
Hay cosas que pasan, sin asumirlas pero pasan. Y no somos
quien para luchar contra ellas. Hay cosas que no pasan y nos arrepentimos de
por vida.
Lo único que sé y siento, no es el miedo, ese miedo. Es el terror.
Terror porque este momento, este microsegundo en el que mi sangre continúa
circulando, no se volverá a repetir. Nunca.
Y tiemblo. Sola. De forma única. Para no hacerlo nunca más como
ahora.
miércoles, 9 de abril de 2014
EL BANCO ACÚSTICO DE LA ALAMEDA
Aunque pueda parecer una simple curiosidad, detrás de este
banco acústico se esconde una historia similar a la de Romeo y Julieta pero, en
este caso, a la gallega.
Hoy por hoy no es muy conocida aunque todavía hay algunas
personas, mayores sobretodo, que la recuerdan.
Los protagonistas son vecinos de Santiago, Maruxa Castro y Manuel
Pampín. Ambos nacidos antes de la guerra civil se conocieron unos años previos
a que esta estallase, aunque se habían visto alguna vez por las calles
santiaguesas, cuando Manuel salía del colegio y Maruxa iba a los recados con su
madre.
Manuel de familia medianamente adinerada, católica y con
siete hermanos era muy popular en su clase, tenía bastante carácter y un gran
sentido del humor y aunque respetaba a los adultos, de vez en cuando, les
tomaba el pelo. Por su parte, Maruxa era una niña sin ninguna educación
religiosa, su padre, partidario del partido comunista, era reacio a tener algo
que ver con todo lo religioso, sin embargo era tranquila, alegre y muy
respetuosa con todo el mundo. Nunca se metía en ningún jaleo y por supuesto,
acompañaba a su madre y a sus dos hermanas a donde fuese, no solía quedarse
sola. Creo que Maruxa era vecina de la familia de las que hoy conocemos como
‘Las dos Marías’.
Sobre 1934, casi 35, Maruxa tenía 14 años. Era muy inocente
pero ya empezaba a hacerse cargo de las tareas del hogar y de los recados. Como
siempre desde pequeña, pasaba por delante del colegio de Manuel, que era de la
misma edad. Hasta que un día ella se fijó en él, en su aspecto cuidado y sus
zapatos nuevos sintiendo algo que hasta entonces nunca había sentido. Envidia.
Cuando Manuel se dio cuenta de que lo estaba mirando, empezó a gritarle y Maruxa
bajó la cabeza y salió corriendo sin destino fijo. Manuel salió detrás de ella.
En algún momento Maruxa acabó sentada, agotada y cabizbaja, en este banco. De
repente escuchó una voz a su lado, miró pero no había nadie sentada con ella,
sin embargo seguían hablándole. Alguien le preguntaba por qué se había quedado
mirando tanto tiempo delante del colegio. Cuando miró al frente se encontró con
Manuel en la otra esquina, devolviéndole la mirada y con aspecto algo enfadado.
No le contestó e intentó parecer indiferente pero no pudo evitar
ruborizarse.
Como buena gallega, Maruxa acabó por contestarle con otra
pregunta. Quería saber cómo hacía para hablarle desde tan lejos y que pareciese
que estaba al lado. Manuel le contó cómo funcionaba el banco y lo mucho que le
gustaba esa zona de la Alameda. No sé cómo siguió la conversación salvo por el
final, y es que quedaron en verse en el mismo sitio dos días después.
Así fueron pasando las semanas, con los dos sentados cada
uno en una esquina del banco, contándose sus secretos, sus vidas y sus
inquietudes. La envidia que sentía en un principio Maruxa fue desapareciendo y
transformándose en aprecio, por su parte Manuel estaba fascinado con aquella
chica que no creía en nada y que se ruborizaba a la mínima.
En este banco comenzó todo. Los dos amigos, un buen día,
decidieron abandonarlo para pasear por el parque juntos. Y así siguieron,
viéndose cada dos o tres días y paseando. Hasta que un día Manuel no apareció
en el banco.
Maruxa seguía yendo, se sentaba en el extremo de siempre y
miraba cómo pasaba la gente por la parte de abajo, pensando en sus cosas y en
voz alta, echando de menos a su querido Manuel. Tras dos semanas, dejó de ir.
Las cosas se estaban poniendo complicadas en casa. La familia de al lado había
sido asesinada y a las niñas les habían hecho cosas horribles así que la madre
de Maruxa la obligó a ir todos los días a misa con ella, aún con las
discrepancias del padre.
Un domingo decidieron ir a la misa de las 12 de la catedral.
Vistieron sus mejores galas y se cubrieron la cabeza con un pañuelo al entrar.
Ese día la madre decidió sentarse por los bancos del medio, al lado del pasillo
exterior, para que todo el mundo pudiese verlas, era noviembre de 1936. No sé
en qué momento Maruxa se dio cuenta de que en la otra esquina de su mismo banco
estaba un padre con su hijo y una mujer. Los padres de Manuel y Manuel.
Inconscientemente lo saludó entre susurros pero Manuel no la escuchaba, estaba
atento a lo que leía el sacerdote. Maruxa empezó a agobiarse y miró al frente.
Cuando llegó el momento de darse la paz, para su asombro, Manuel no la
reconoció. Ella se quedó mirándolo fijamente intentando hablarle con los ojos
mientras le agarraba la mano pero él la soltó rápidamente.
Al salir de misa Maruxa salió corriendo, la madre le pidió
que no se retrasase y que estuviese pronto en casa para comer, cosa que Maruxa
no escuchó. Esta vez corría con un destino fijo. Cuando llegó al banco acústico de la Alameda vio a alguien
más ahí. Manuel. Se sentó en la esquina y escuchó cómo él le preguntaba por qué
se había quedado mirando en misa. Ella no contestó e intentó que pareciese que
no le afectaba, pero no pudo evitar ruborizarse. Para cuando se decidió a
preguntar por qué había desaparecido escucharon unos tiros. Ambos se cogieron
de la mano y salieron corriendo por el parque a esconderse asustados.
Cuando todo se hubo calmado decidieron volver a sus casas. Sus
padres no estaban, y cuando digo sus padres, me refiero a que no estaba el
padre de Manuel en la de este ni el padre de Maruxa en la de esta. Parece ser,
por lo que le contó la madre de Manuel entre sollozos a su hijo, su padre
participaba en ejecuciones que se hacían todas las semanas a los partidarios de
la República. Por lo que la madre de Maruxa le contó a esta entre sollozos, a
su padre se lo habían llevado poco antes de que ella llegase de la catedral,
por comunista y ateo.
Maruxa olvidó el
banco. Pasaba los días con su madre, que había caído en depresión, y con sus
hermanas estudiando el catecismo. Manuel la esperó allí, cada dos días y todos
los domingos en la catedral. En 1938 la madre de Maruxa murió, o se dejó morir
más bien y Maruxa que no encontraba consuelo, decidió salir de su rutina para
dar un paseo por la Alameda, a pesar del peligro que corría al pertenecer a su
familia.
Sin quererlo ni pensarlo sus pasos la llevaron hasta el
banco, era un domingo. Se sentó cabizbaja, agotada. Cuando levantó la cabeza
vio a un chico sentado en la otra esquina. Callado, mirándola. Ella, triste y
sin ganas, le preguntó por qué la miraba. Él no contestó pero parecía afligido
y seguía mirándola fijamente, como queriendo decirle algo. Al poco llegaron
unos guardias, agarraron a Manuel que peleaba contra ellos y se llevaron a
Maruxa pero antes de que éste pudiese
llamarla se escucharon unos tiros.
martes, 4 de febrero de 2014
No es otoño
No es otoño pero las hojas, como los mitos, caen al suelo. Todo gana color pero empieza el frío. Y es ahora, de repente, cuando empieza a llover y las hojas, los mitos y las ilusiones se pudren en charcos que no llevan a ninguna parte. No es otoño y se agradece porque el otoño era de tus estaciones favoritas y me gustaría que siguiese siéndolo. Porque cuando las hojas caían tú andabas sobre ellas y los charcos… los charcos los saltabas. Pero no es otoño. Es invierno y fuera sigue haciendo frío, más si cabe. El invierno nunca ha sido de tus estaciones favoritas, aunque te anestesie y los árboles se muestren tal y como son.
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