http://www1.yadvashem.org/es/video/warsaw1.html
No hay peor castigo que el de la ignorancia impuesta. Sobre todo cuando sospechas lo que acarreará y más tarde descubres que te quedabas corto. Era tarde para enmendar el daño, demasiado abstracto, demasiado fantástico, imposible de negociar con el fanático.
Aguantaron lo inhumano, y aguantan la actual ignorancia aceptada voluntariamente que, aunque por otro camino, nos llevara a la destrucción.
‘Dulce muerte…si hubieras llegado antes…’ pensarán algunos.
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jueves, 11 de junio de 2009
Aquella docena de huevos
Hoy día indefinido del mes indefinido de un año cualquiera toca mirar por la ventana.
Nada parece diferente. Hace sol como ayer, alguna que otra esponjosa nube y un calorcillo que amaina con la fresca brisa. Los vecinos van a comprar el pan y se saludan sonrientes entre ellos. Desde arriba vigilo como un dios en su Olimpo sin mover un dedo cuando veo que a la vecina del tercero se le caen una docena de huevos. Se han roto todos. Vuelve la fresca brisa y la clara de aquellos huevos brilla con los rayos de luz haciendo que la gente repare más en ellos. Pasa una nube y le toca actuar a la sombra. Ya nadie ve esos huevos.
Aparto la mirada de la calle y me voy a hacer mi comida. Cuando cojo el bote de remolacha se me resbala y cae rompiéndose en mil pedazos y tintando las paredes de color vino. Nadie lo ha visto. Maldiciendo me agacho y limpio todo pero las manchas siguen ahí, es entonces cuando me acuerdo de los huevos de la vecina. Todo el mundo tiene un mal día.
Hoy, el día después del ayer indefinido y mes siguiente al pasado pero del mismo año me levanto a contemplar que se repite el mismo día de hace un tiempo.
Abro la ventana y pinto lo que veo. Unos gatos comiendo las sobras que les dio la vieja loca.
Me llama Fátima por teléfono y me anuncia la muerte del abuelo de una amiga. Es una pena. Ahora que hay calma esa tormenta destaca más. Doy mi pésame, es sincero. Y recuerdo cuando hace poco más de medio año pasé por algo igual pero en primera persona. Afilo mi lápiz y termino mi dibujo. Todo el mundo sufre la ley de vida.
Nada parece diferente. Hace sol como ayer, alguna que otra esponjosa nube y un calorcillo que amaina con la fresca brisa. Los vecinos van a comprar el pan y se saludan sonrientes entre ellos. Desde arriba vigilo como un dios en su Olimpo sin mover un dedo cuando veo que a la vecina del tercero se le caen una docena de huevos. Se han roto todos. Vuelve la fresca brisa y la clara de aquellos huevos brilla con los rayos de luz haciendo que la gente repare más en ellos. Pasa una nube y le toca actuar a la sombra. Ya nadie ve esos huevos.
Aparto la mirada de la calle y me voy a hacer mi comida. Cuando cojo el bote de remolacha se me resbala y cae rompiéndose en mil pedazos y tintando las paredes de color vino. Nadie lo ha visto. Maldiciendo me agacho y limpio todo pero las manchas siguen ahí, es entonces cuando me acuerdo de los huevos de la vecina. Todo el mundo tiene un mal día.
Hoy, el día después del ayer indefinido y mes siguiente al pasado pero del mismo año me levanto a contemplar que se repite el mismo día de hace un tiempo.
Abro la ventana y pinto lo que veo. Unos gatos comiendo las sobras que les dio la vieja loca.
Me llama Fátima por teléfono y me anuncia la muerte del abuelo de una amiga. Es una pena. Ahora que hay calma esa tormenta destaca más. Doy mi pésame, es sincero. Y recuerdo cuando hace poco más de medio año pasé por algo igual pero en primera persona. Afilo mi lápiz y termino mi dibujo. Todo el mundo sufre la ley de vida.
La primera pero no última
Acompaño mis pensamientos con música. Mi propia banda sonora me guía y alumbra lo más oscuro de mi alma mientras me retuerzo y deseo llegar a la cumbre, donde el viento sopla más fresco, donde hace falta menos aire para respirar. Algo me empuja hacia abajo y es la presión, aquella que quiero esquivar y rodear. Imposible. Aparece mi primera lágrima, no será la última pero quizás si sea la que más cueste aceptar. Soy humana. Sufro como todos. No me diferencio en nada. Las cosas me afectan como a todo el mundo.
Miro a mi alrededor pero solo veo agua. Todo se inunda y el mundo sigue girando alumbrado por el Sol. Yo no lo veo, las lágrimas no me lo permiten. Yo nado en la oscuridad y me regodeo soñando en lo cálido que es ese Sol. El agua está salada. Tengo sed pero ese agua no me sacia e intento echarla toda fuera. Mis ojos cada vez están más rojos, más hinchados, me pican y berrean pidiendo que acabe el diluvio. Pero… ¿qué quieren ver? No se dan cuenta de que seguramente todo es una ilusión en la que el Sol, el aire, el calor juegan el papel principal, de que seguramente un segundo de sequía los condenaría a una tormenta eterna.
Cuando sin querer mis ojos comienzan a secarse me doy cuenta de mi error. Sí existía el Sol. Él evapora el agua, me alumbra. Noto como me acaricia la cara mientras camino de vuelta a casa. No hay nubes ni frío viento. De vez en cuando tengo algún escalofrío al recordar el pasado y me siento tonta y débil pensando en lo apunto que he estado de ahogarme completamente sola.
Tirada en el campo escucho música. La misma sinfonía suena distinta. Percibo una nota de alegría y fuerza que viene de dentro de mí. Siento que soy más independiente, más autónoma. Ya no necesito del Sol porque algo me está alumbrando desde dentro. Me siento llena de algo que no comprendo pero que me empuja a ponerme de pie y andar sin rumbo. Palabras me nublan la cabeza y agobios despejan mi corazón. Me siento afortunada.
¿Será posible? Creo que es felicidad.
Miro a mi alrededor pero solo veo agua. Todo se inunda y el mundo sigue girando alumbrado por el Sol. Yo no lo veo, las lágrimas no me lo permiten. Yo nado en la oscuridad y me regodeo soñando en lo cálido que es ese Sol. El agua está salada. Tengo sed pero ese agua no me sacia e intento echarla toda fuera. Mis ojos cada vez están más rojos, más hinchados, me pican y berrean pidiendo que acabe el diluvio. Pero… ¿qué quieren ver? No se dan cuenta de que seguramente todo es una ilusión en la que el Sol, el aire, el calor juegan el papel principal, de que seguramente un segundo de sequía los condenaría a una tormenta eterna.
Cuando sin querer mis ojos comienzan a secarse me doy cuenta de mi error. Sí existía el Sol. Él evapora el agua, me alumbra. Noto como me acaricia la cara mientras camino de vuelta a casa. No hay nubes ni frío viento. De vez en cuando tengo algún escalofrío al recordar el pasado y me siento tonta y débil pensando en lo apunto que he estado de ahogarme completamente sola.
Tirada en el campo escucho música. La misma sinfonía suena distinta. Percibo una nota de alegría y fuerza que viene de dentro de mí. Siento que soy más independiente, más autónoma. Ya no necesito del Sol porque algo me está alumbrando desde dentro. Me siento llena de algo que no comprendo pero que me empuja a ponerme de pie y andar sin rumbo. Palabras me nublan la cabeza y agobios despejan mi corazón. Me siento afortunada.
¿Será posible? Creo que es felicidad.
Arriésgate
Una niña pequeña juega con su desayuno. Le echa galletas a su colacao y remueve con torpeza hasta que se forma una densa papilla que mira embobada. Parece que le agrada.
Empieza a cucharadas saboreándola y sonriendo sin hacer caso a los manchurrones que empiezan a aparecer en su pijama.
Arriésgate como la niña. Vive la vida. Échale valor y remueve. No siempre saldrán bien las cosas pero despierta. Quítate ese pijama que te abriga y lánzate al mundo. Vive como si el tazón se fuera a acabar en unos minutos. No queda tiempo. Puede que te sientas lleno en un momento dado pero el hambre de vivir no tardará en volver. Es tu oportunidad de conseguir no arrepentirte en un futuro del vacío de tu vida y tener clara por lo menos una cosa, has triunfado.
Empieza a cucharadas saboreándola y sonriendo sin hacer caso a los manchurrones que empiezan a aparecer en su pijama.
Arriésgate como la niña. Vive la vida. Échale valor y remueve. No siempre saldrán bien las cosas pero despierta. Quítate ese pijama que te abriga y lánzate al mundo. Vive como si el tazón se fuera a acabar en unos minutos. No queda tiempo. Puede que te sientas lleno en un momento dado pero el hambre de vivir no tardará en volver. Es tu oportunidad de conseguir no arrepentirte en un futuro del vacío de tu vida y tener clara por lo menos una cosa, has triunfado.
Cruel ingenuidad
La tierra que sustentaba a la pequeña planta se vuelve ácida y la flor que comenzaba a abrirse se marchita. No existe el dolor pero sí una gran impotencia y desilusión. Podría haber llegado a ser una hermosa flor pero ha muerto, se ha vuelto fea e inútil.
Arranca la planta, arráncala de raiz, todavía siente la esperanza de volver a crecer,¡pobre ingenua! que no tiemble la mano cuando la aferres y la separes de esa tierra infértil antes de que muera sin remedio. Ponla rapidamente en una maceta, deja que se adapte, riégala todos los días y quizá pasado el largo invierno y con la vuelta de la primavera vuelva a abrirse al sol.
Arranca la planta, arráncala de raiz, todavía siente la esperanza de volver a crecer,¡pobre ingenua! que no tiemble la mano cuando la aferres y la separes de esa tierra infértil antes de que muera sin remedio. Ponla rapidamente en una maceta, deja que se adapte, riégala todos los días y quizá pasado el largo invierno y con la vuelta de la primavera vuelva a abrirse al sol.
Toca competir
Apoyada en el cadáver de un viejo roble escucha el murmullo del agua. Le reconforta pensar que el tiempo se ha parado y disfruta observando un paisaje que para los demás se ha vuelto rutinario.
Una ría iluminada por la luz de las casitas de alrededor, con sus pequeñas corrientes y su gran belleza. Unos montes, oscurecidos por la sombra de los árboles centenarios, como lo fue en el que ella reposa.
Todavía está oscuro. En los montes, casi de forma imperceptible, brilla una luz blanquecina. No le preocupa, la vio más veces. Siempre pensó que sería aquella procesión que las almas hacían al no ir a San Andrés en vida.
La luz del supuesto farol se va mitigando para dar paso a la luz del alba. El murmullo del agua sigue ahí, la ría sigue ahí, los montes con sus árboles siguen ahí, ella sigue ahí. Todo en el mismo sitio, pero diferente.
Al amanecer la hierba despertó, está más verde y viva que nunca. Los montes ahora estaban alegres y dejaban a un lado su cara más sombría. El agua ya no susurraba, chillaba deseando ser escuchada.
Ella seguía igual, igual de asombrada, igual de complacida, igual de enamorada de su entorno.
La brisa mañanera comenzaba a soplar. Se puso a correr por la hierba, se tumbó y miró al nublado cielo. Parecía que iba a llover…una gota, dos, tres…su felicidad iba en aumento, ya comprendía qué le pasaba al arroyo, porqué gritaba, tenía hambre. El cielo lo alimentaba cada mañana de invierno.
Poco a poco fue entreabriendo los ojos y fue posando su oreja sobre el suelo de su celda.
Notó una brisa y se despertó de repente ilusionada. Pero sólo era su respiración y la de sus compañeros. Al momento la fueron a buscar para ensillarla y llevarla a la pista de carreras, ya bastaba de soñar, toca competir.
Una ría iluminada por la luz de las casitas de alrededor, con sus pequeñas corrientes y su gran belleza. Unos montes, oscurecidos por la sombra de los árboles centenarios, como lo fue en el que ella reposa.
Todavía está oscuro. En los montes, casi de forma imperceptible, brilla una luz blanquecina. No le preocupa, la vio más veces. Siempre pensó que sería aquella procesión que las almas hacían al no ir a San Andrés en vida.
La luz del supuesto farol se va mitigando para dar paso a la luz del alba. El murmullo del agua sigue ahí, la ría sigue ahí, los montes con sus árboles siguen ahí, ella sigue ahí. Todo en el mismo sitio, pero diferente.
Al amanecer la hierba despertó, está más verde y viva que nunca. Los montes ahora estaban alegres y dejaban a un lado su cara más sombría. El agua ya no susurraba, chillaba deseando ser escuchada.
Ella seguía igual, igual de asombrada, igual de complacida, igual de enamorada de su entorno.
La brisa mañanera comenzaba a soplar. Se puso a correr por la hierba, se tumbó y miró al nublado cielo. Parecía que iba a llover…una gota, dos, tres…su felicidad iba en aumento, ya comprendía qué le pasaba al arroyo, porqué gritaba, tenía hambre. El cielo lo alimentaba cada mañana de invierno.
Poco a poco fue entreabriendo los ojos y fue posando su oreja sobre el suelo de su celda.
Notó una brisa y se despertó de repente ilusionada. Pero sólo era su respiración y la de sus compañeros. Al momento la fueron a buscar para ensillarla y llevarla a la pista de carreras, ya bastaba de soñar, toca competir.
La reclusión
Una simple brisa, un rayo de Sol, una gota de lluvia. Nos encerramos en casa, bajamos la persiana, abrimos el paraguas.
Nos evadimos de la realidad, de lo natural quizás. Todo nos parece prescindible, todo nos parece poco importante, todo nos parece simple, a todo le podemos decir ’No, no me afectas’. Nada podría estar más lejos de la verdad.
Hay algo de lo que no nos podemos abrigar, algo superior a nosotros, algo difícil de evitar o más bien, imposible.
Aún así lo intentamos, ’cambiamos de canal’. Ni oímos, ni vemos, ni olemos, ni sentimos, ni nos sabe mal que esto no os afecte. Somos dioses, héroes recluídos en su Olimpo sin avaricia por conocer el resto, pero todo llega y lo único que hacemos es retrasar nuestra madurez de vivir.
Nos pillará por sorpresa lo que atenriormente nos obligamos a ignorar. Y lloraremos.
Nos evadimos de la realidad, de lo natural quizás. Todo nos parece prescindible, todo nos parece poco importante, todo nos parece simple, a todo le podemos decir ’No, no me afectas’. Nada podría estar más lejos de la verdad.
Hay algo de lo que no nos podemos abrigar, algo superior a nosotros, algo difícil de evitar o más bien, imposible.
Aún así lo intentamos, ’cambiamos de canal’. Ni oímos, ni vemos, ni olemos, ni sentimos, ni nos sabe mal que esto no os afecte. Somos dioses, héroes recluídos en su Olimpo sin avaricia por conocer el resto, pero todo llega y lo único que hacemos es retrasar nuestra madurez de vivir.
Nos pillará por sorpresa lo que atenriormente nos obligamos a ignorar. Y lloraremos.
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