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lunes, 14 de enero de 2019

Aporofobia, clasismo y especismo

Reflexión hecha a partir de una experiencia real:
Pongamos el caso de una persona que vive en la calle con un perro. Esta persona es vegana e intenta en la medida de lo posible no consumir productos de origen animal o testados. A causa de eso cuando alguien le da productos animales los utiliza para alimentar al perro que la acompaña en vez de comérselos.
Hay gente que es de la opinión de que esta persona no está en situación de exigir nada puesto que no padece ninguna enfermedad que la incapacite para consumir esos productos. La pregunta es:
¿Por qué?
¿Por qué se consideran los principios éticos como un capricho?, ¿por qué tener capacidad adquisitiva te da poder para decidir y juzgar sobre otras personas?, ¿en qué momento una persona deja de tener derecho a vivir acorde a sus convicciones (se la deshumaniza)?, ¿por qué ciertos principios son inviolables (como puede ser no robar o asesinar a otro ser humano por alimento) y otros deben ser volátiles (no querer participar en el asesinato y explotación masiva de animales)?
Sabéis qué, personalmente opino que esta afirmación es muchísimo más profunda de lo que pinta en un principio. De la afirmación/opinión del inicio se sacan múltiples lecturas y considero que es importante recapacitar seriamente en por qué se piensa mayoritariamente de esta forma. Y aquí hablaría también de la caridad y de la jerarquización en la que se basa ésta. Cuando una persona quiere ayudar a otra esa ayuda debería darse desde el respeto y la empatía que se sienten por un igual.
Brindar ayuda condicionada sin valorar lo que realmente necesita la otra persona sólo sirve para dormir bien por las noches porque sorpresa: No estaríais ayudando en absoluto. La ayuda no se puede dar ejerciendo poder sobre otros. Es más, tener la capacidad de ayudar a alguien no te hace superior a esa persona y esto me parece especialmente necesario decirlo porque curiosamente no nos lo cuestionamos cuando ayudamos diariamente. Qué extraño sería que en un supermercado una persona más pequeña que yo me pidiese algo de un estante alto y yo agarrase lo que me pareciese más conveniente en vez de lo que necesita.

Yo no merezco más respeto por parte de mi entorno por poder pagarme el alimento. Hay que quitarse de la cabeza que la gente sin recursos económicos es inferior. Y dicho así mucha gente se negaría a sí misma que se sienten superiores a alguien pero sería autoengañarse. Basta ya de deshumanizar, de restringir el derecho a otra persona a decir 'no' o a exigir respeto para ella y otros.
No vales lo que llevas en los bolsillos.
Esto tiene dos nombres: Aporofobia y clasismo, pero es que además se junta con un desconocimiento por el contenido de los principios éticos de los demás y una falta de respeto total por la diversidad ideológica. Una vez más volvemos a la superioridad, esta vez moral: Lo que yo pienso y creo es mejor que lo que tú piensas o crees. ¿Pero quiénes somos nosotros y qué autoridad moral creemos tener para juzgar de esa manera la forma de pensar de otros? Especialmente en el caso de la ética vegana, la cual encaja perfectamente en los principios ético- morales que compartimos en la sociedad actual y es más, siguiendo estos principios ético- morales una persona que vive en una situación límite y aún así se mantiene firme lo que en realidad demuestra es un comportamiento loable. ¿Cuántas y cuántos de nosotros flaquearíamos ante una dificultad mediana?
Me extendería más pero en definitiva toda esta reflexión viene del enfado que me provoca ver una vez más lo normalizada que está la violencia y las dinámicas de poder y analizar cuáles son, en general, las prioridades de la mayoría de nosotros: Yo, yo y YO.



Y acabo con dos preguntas:
- ¿Alguna vez habéis tenido que renunciar a vuestros principios?
- En el caso de que la primera pregunta tenga respuesta afirmativa, ¿os pareció algo sencillo?

miércoles, 11 de mayo de 2016

Me gusta ver reír a mamá

Mamá y papá me dan un euro de paga a la semana. Empezaron a dármelo cuando cumplí los seis años. Recuerdo que creía que era rica, incluso un día pensé que podría comprar el Sol. Ahora ya tengo siete y sé que el Sol no se puede comprar, además un euro a la semana no llega para nada.

La abuela me ha dicho que tengo mucha suerte, que no todos los niños y niñas del mundo tienen dinero para chuches. Yo no quiero chuches y no sé por qué tengo suerte si no puedo comprar nada de lo que quiero. Ayer hacía sol y quise comprar una hora de la mañana para no ir a clase, pero el profe me dijo que no podía ser. También le pregunté a la directora del cole y me dijo que si quería podía meter cada moneda que me den en la hucha porque así en verano podré comprarme cosas con lo que ahorrase.

Pero yo no quiero comprar nada. No quiero cosas. En verano voy a la playa y juego. Quiero comprar una hora de esta semana para hacer lo mismo. Me gusta el parque y es gratis. ¿Por qué no me dejan comprar lo que quiero? Ya no quiero comprar el Sol. El Sol está muy lejos y quema. No entiendo por qué no me dejan comprar una hora con mi euro.


En casa me han dicho que un euro no llega, que tengo que estudiar mucho e ir al cole todas las mañanas para poder ganar mucho dinero de mayor y así poder comprar más de una hora. Me han dicho que podré comprar quince días. Estoy un poco más contenta porque quince días son muchos y podré ir al parque a jugar todas las mañanas. Me encanta el parque. Lo que más me gusta son los columpios. Le he dicho a mamá que de mayor quiero jugar mucho en los columpios y se ha reído. Yo también me he reído, aunque no sé por qué. Me gusta ver reír a mamá.

lunes, 18 de abril de 2016

Basta ya

Estaba en la cúspide del orgullo más sola que acompañada, más débil de lo que imaginaba, y sentía. Con el tiempo aprendí una lección, puede que fuese él mismo el que me la dio o quizás simplemente era el destino que es más cierto que incierto. Sin duda la necesitaba, la pedía y la esperaba en lo más profundo de mi conciencia.
Esta vida es un camino largo, lleno de contradicciones, tristezas, alegrías, injusticias y legañas en los ojos. A veces cuesta levantarse de la cama y afrontar la vida y lo que se te viene encima pero una mañana lo haces, te lavas la cara y ves que todo es distinto a lo que pensabas y creías, o te hacían pensar y creer.
Desde que amanecí ese día comprendo más cosas y siento más amor por todo. Un amor nostálgico, muy real. Un amor de sopetón, por todos y todo incluyéndome a mí misma. Y me doy cuenta de todo el miedo que tenía y tienen y que voy dejando ir poco a poco, con la certeza de quien se siente en el buen camino.
Con mucho que cambiar, van apareciendo las fuerzas para hacerlo y las ganas para afrontarlo. Ir tirando telones ante mis ojos empieza a convertirse en adicción y afición. Y dejar el orgullo a un lado me ha hecho comprender que no llorar, alejarme, encerrarme y negar mi vulnerabilidad me hacía la persona más vulnerable del mundo.
Cuando antes me decía ‘no vale la pena’ en vez de ‘no quiero asumir responsabilidades’ pensaba que me facilitaría las cosas pero me equivocaba, una vez más y como acostumbro a hacer. Y aunque tarde, me doy cuenta de que sí, sí que vale la pena y no sólo eso, sino que quiero asumir esa responsabilidad, porque soy importante y puedo marcar la diferencia (una diferencia) minúscula, pero convirtiéndome en una brecha. Y hay muchas más. El mundo está lleno de ellas. Lo que empiezo a pensar es que cuando una brecha aparece junto a otras muchas, en vez de taparlas lo mejor es construir algo nuevo, distinto, con un material más resistente y mejor. Porque a fin de cuentas es algo posible, si se pone voluntad.
Basta ya de prejuicios, hipótesis falaces, rencores e inseguridades que proyectar en otras personas. Que eso no soluciona nada. Basta de mofarse y de echar balones fuera. Basta ya de compararnos, del ‘y tú más’, ‘ y tú menos’. Basta de matar y basta ya de excusas. Va siendo hora de asumir, responsabilizarnos y dejar de victimizarnos, que no somos un individuo en el mundo, somos muchos muy ruidosos.
Basta de estorbar y gritar que ya es hora de callar y escuchar.

domingo, 7 de febrero de 2016

Radical

Hola, soy Radical. Éste nombre no me viene por nadie en particular, ni siquiera me lo pusieron mi madre y mi padre en honor a alguien de la familia. Éste nombre me lo impuso la Sociedad. En el cole me enseñaron que radical es un adjetivo así que no sé en qué momento pasé a llamarme así por lo que he decidido contaros mi historia, para que podamos descubrirlo. Intentaré ser breve, aunque no prometo nada.

Durante toda mi infancia y gran parte de la adolescencia asistí a un colegio mixto, católico y concertado. ‘Empezamos bien’ diréis muchos, pues es importante porque el caso es que allí aprendí cosas que a día de hoy sigo utilizando y no, no me refiero exclusivamente a las matemáticas, conocimiento del medio, música o tecnología. Allí aprendí muchos valores buenos que marcaron toda mi existencia hasta ahora, entre ellos respeto, tolerancia y generosidad. Por supuesto esos valores me fueron inculcados en casa también. Sin embargo, venían acompañados de un montón de prejuicios y hay que admitir que esto era y es prácticamente inevitable a la hora de educar.

El tema de la religión es muy complicado y suele generar mucha controversia así que no quiero meterme a analizarlo en profundidad, pero dicho lo expuesto imagino que comprenderéis el cacao de ideas y emociones que tenía dentro. Mi burbuja y el mundo real no paraban de chocar cada dos por tres y eso me generaba más y más dudas y muchísima curiosidad sobre lo que estaba pasando a mi alrededor, pero… Un momento, ¿de verdad era tan importante que las chicas llevasen la falda un centímetro por debajo de la rodilla? ‘Como mínimo. El uniforme es como es y hay que llevarlo como está estipulado’ decían. Comprensible, sólo hay una manera de llevar un uniforme. Oh, espera… ¿Uniforme? ¿Por qué hay que tener un uniforme? ‘El uniforme es mucho más cómodo, no tienes que escoger la ropa cada mañana y así se neutralizan las posibles diferencias entre el alumnado’ Ah, ¿en serio eso es una razón de peso? Quizás sí, quizás las cosas sean así de sencillas. Era todo tan complicado y yo tan ignorante que el simple hecho de cuestionar lo que me habían enseñado a lo largo de mi vida hacía que entrase en una especie de bucle de confusión y culpabilidad.

En un chasquido cumplí los 16 y ya estaba comenzando el bachillerato en un instituto público. Madre mía, ¿pero qué sitio era ése? Recuerdo que me llamaba la atención que el patio estuviese lleno de papeles, que la gente vistiese distinto, toda esa diversidad, el tumulto, la gente fumando en la entrada… No sé, recuerdo que en un principio sentí miedo y pensé que jamás haría amigos y amigas allí, que me había equivocado escogiendo instituto… No sé, mil cosas. Sorprendentemente, el acojone del primer día dio paso a una sensación nueva: desengaño. Es decir, llevaba dieciséis años viviendo en una cueva siguiendo unas normas que creía universales sin pensar que hubiese algo más allá de eso y de repente tenía los ojos como platos y estaba en un mundo que iba a mil por hora. ‘Exageras’, pensaréis, ¡qué va! Yo lo flipaba. Eso sí, una semana después estaba en mi salsa. La gente que en un principio me daba miedo resultó ser encantadora, me había acostumbrado a que vistiesen distinto y me gustaba que así fuese, el tumulto era agradable y daba vida al centro, la diversidad era maravillosa y el patio… Bueno, el patio seguía estando sucio.

En fin, era inevitable que empezase a comparar, preguntarme, cuestionarme y reinventarme mientras en mi día a día fingía que todo lo que era nuevo para mí en realidad era lo normal. Con sinceridad: pasé de ser la típica persona católica de ‘derechas’ (así me consideraba por alguna razón) a una persona cristiana peleada con la Iglesia y afín a ‘lapolíticanomeinteresa’ pero que viva la enseñanza pública. Y mirad, fui sustancialmente más feliz que antes.

Pasaron esos dos años y me fui a la Universidad. Esta parte da para varios libros así que os resumo: seguí evolucionando. Conocí gente increíble, gente no tan increíble, personas rebeldes y otras completamente pasivas, aprendí muchísimas cosas sobre muchísimos temas y lo más importante de todo, conocí a la persona más especial en todo lo que llevaba vivido: a mí.

Por aquel entonces no me llamaba Radical aún. Seguía temiendo combatir ciertas creencias e ideas que mantenía más por tradición que por otra cosa, siendo consciente de que en realidad no las sentía propias. Permitidme que os diga que fue un trabajo muy duro, pero lo conseguí, conseguí dar un paso más y decir en voz alta lo que pensaba y aceptarlo, aunque chocase con casi todo lo que se me inculcó desde la infancia, aunque ‘hiriese’ a los que me inculcaron todo aquello. Así pues, abracé mis nuevas creencias enorgulleciéndome de que encajasen en aquellos principios de respeto, tolerancia y generosidad que creía buenos. Así empecé a interesarme por la política, a leer y a definirme como persona demócrata, de izquierdas, agnóstica muy a pesar de mi familia, y con la firme creencia de que el capitalismo es en gran parte el culpable de que juguemos en un mundo mediocre donde no todos pueden optar al premio. Comencé a conocer el feminismo y el veganismo que no son más que otra forma de llevar aquellos valores naturalmente buenos a la práctica.

Y aquí, aquí sí me convertí para gran parte de mi entorno en: Radical.

Ahora yo, Radical, vivo más en paz porque no me callo y muestro mi disconformidad. Porque aunque no obligo a nadie a seguir mis pasos no voy bajar la cabeza cuando se me cuestione por no estar de acuerdo con lo que está tristemente establecido. Soy Radical porque me expreso y porque intento que el mundo sea un sitio más agradable para vivir, no sólo para mí sino para la gente que vive en países más pobres, para las mujeres que sufren por ser consideradas menos y para los hombres a los que obligan a vivir reprimidos, para todos los y las que sufren discriminación, para aquellos y aquellas que sudan sangre por mantener a su familia o a sí mismos, para esos seres que no tienen voz pero sí voluntad y la irreal obligación de servirnos, incluso para ti que me has apodado desacertadamente Radical y prefieres juzgarme en vez de hacer autocrítica.

Así que llegados a este punto toca contestar: ¿Por qué soy Radical? Lo soy porque para muchos mi opinión implica un desafío.

Después de esto quiero que quede bien clara una cosa: en toda mi vida a la única persona que he desafiado ha sido a MÍ.
(Y lo que me queda)


jueves, 4 de febrero de 2016

Sin propósitos

El 31 de diciembre de 2015 decidía no pedirle nada al año que estaba a punto de entrar. No hice la lista de propósitos típica que luego posiblemente no cumpliría. El día de Fin de Año del 2015 decidí darme una oportunidad. Pero de verdad.
Con darme una oportunidad me refería, en especial, a volverme más crítica conmigo misma. A no victimizarme, a no dejar mi ‘ser’ en manos de otros, a no culpar al mundo de lo que soy o de quién no soy. Analizarme y corregirme y asumir que tengo capacidad para ello. Porque a fin de cuentas yo formo parte de este mundo que me asquea y camino en/con él.
Fue entonces cuando comencé a sentir las incongruencias que revoloteaban en mi interior. Por qué pensaba esto pero hacía aquello y por qué hasta entonces no había sido consciente de que era así.
El mundo es una mierda llena de odio y dolor. De envidia, prepotencia, descalificaciones, insultos, egoísmo, miedo y lo más importante: indiferencia.
¡Ah, la indiferencia! Cómo engaña. A ella se llega ‘haciéndose el tonto’, autoconvenciéndose de que las consecuencias de nuestro comportamiento ‘son mínimas’ y no asumiendo la responsabilidad de nuestra libertad de decisión.
Se nos llena la boca proclamando que somos Seres Humanos, que somos animales racionales, que estamos en la cúspide de la pirámide evolutiva y en realidad somos la mayor incongruencia que ha parido este mundo. Que esta ‘capacidad’ nos viene grande, de la misma forma que a un político sin preparación le viene grande el puesto. No tenemos ni idea de lo que hacemos pero somos lo puto mejor y por eso el mundo es nuestro y hacemos lo que nos dé la gana con él y tratamos a todo el que nos rodea como nos sale del culo porque somos seres heridos que han sufrido mucho en esta vida.
Pues mirad, estoy harta y renuncio. Renuncio a aferrarme a mi ‘capacidad especial’, el ‘superpoder’ que nos hace tan destructores. Renuncio a vanagloriarme de mi humanidad e inteligencia.
Decido quererme y para eso decido, una vez más, agarrarme con todas mis fuerzas a otras de las características que acompañan a nuestra especie: la compasión y la empatía.
Mafalda decía ‘ paren el mundo que me quiero bajar’. No me quiero bajar, en absoluto. Lo único que quiero es dejar de ser eso que tanto me asquea.
Y así es como el no tener propósitos para el año nuevo hizo que encontrase un propósito para mi vida.

sábado, 10 de enero de 2015

Nacida en primavera


Me gusta la idea del verano. Me gusta imaginarlo y leer sobre él y me entusiasmaría haber nacido en el mes de julio.
Cuando leo y hablo de julio soy incapaz de no evadirme e imaginar el calor del sol, el olor a salitre, el bienestar, la brisa y la luz. La gente que nace en julio sin duda tiene que ser agradable. Es una lástima que en la tierra donde vivo, aún en verano, no haga muy buen tiempo. Me explico, lo hace, pero no como en esas películas románticas ambientadas en unas islas griegas. Es algo más intermitente, más realista, con aguaceros.
¡Ah!... Me apasiona. Sin embargo yo soy una de esas nacidas en primavera, temporada en la que se duda qué prendas vestir al salir a la calle y cuando surgen esas odiadas alergias. Soy un poco así: Alérgica a cosas o gente. Algo malhumorada o tormentosa en ocasiones, no sabría decir, pero también dicharachera. Es lo que tiene haberme quedado a medio camino hacia el verano. Supongo que en primavera se florece y se aguanta el chaparrón. ¡Ay, despreocupado julio!

domingo, 21 de diciembre de 2014

Nekane y su gato

Los perfumes acariciaban la punta de la nariz e inundaban de un extraño bienestar, como si flotase. Candelabros con velas cuyas llamas oscilaban al ritmo de los vestidos de las mujeres de la sala recorrían las paredes.
Podías respirar la elegancia y  mascar la hipocresía de cada uno de los asistentes. Las familias más populares se habían reunido para conmemorar el aniversario de la llegada a la ciudad de la anfitriona. Una mujer alta, de piel caramelo y ojos ámbar. Su pelo castaño estaba recogido en un moño alto y desenfadado, era la única de la fiesta que no llevaba peluca de época y se paseaba alrededor de la pista de baile vigilando que todo estuviese en orden.


No sonreía pero su rostro mostraba una calma imperturbable, una tranquilidad que se reflejaba en la gente que la saludaba y felicitaba amablemente. Sin duda suscitaba miradas de envidia entre las más jóvenes y admiración e interés de los no tan jóvenes con los que se cruzaba.


Todo transcurría con calma, como estaba previsto pero con la excitación propia que se siente al pensar que en cualquier momento podría ocurrir algo inesperado. Pero no sucedía. El suspense flotaba a través de la ligera humareda que se acumulaba en la parte alta.


El suspense y yo.


Yo que en esos últimos veinte años no había abandonado esa casa. Esa gran casa de la que me enamoré la primera vez que entré. En la inmobiliaria me habían dicho que databa de 1890 y que el mismo propietario la había diseñado a su gusto, con techos altos y figuras rocambolescas, enormes ventanales y cortinas que pretendían acariciar el suelo sin éxito. Sin duda era la casa de mis sueños, aunque nunca la hubiese imaginado así. Tenía personalidad propia y la singularidad de transmitir una adictiva sensación de poder. Poder, cómo  me gustaba.


Como decía, hace veinte años que no salía de allí pero el poder era un recuerdo que a veces se me presentaba extraño. Ya no era mía. Sólo observaba cómo esa mujer de nombre común despertaba mi interés. Me recordaba a mí antes de morir aunque más joven. Como dato os diré que en teoría al día siguiente cumpliría los 48 – sí, era de mediana edad y estaba destinado a la infortunia– pero en realidad serían 68 los años que vagaba en ese mundo.


Siempre me llamó la atención la gente callada, tienen un aura especial. Desprenden un atractivo destello casi palpable para alguien como yo, raro desde la cuna. Es por ello que me fijaba en ella, en mi sustituta digo.  Tenía un aspecto simpático, agradable más bien aunque nunca reía, puede que se le escapase una medio sonrisa en alguna ocasión cuando jugaba con su gato del que por desgracia no conozco el nombre. Nunca lo llamaba. Eso sí, escuché a una pareja de los que allí estaban que lo había rescatado de la calle pero que no era algo seguro puesto que nadie sabía demasiado de ella.
Es interesante hasta qué punto alguien puede ocultar ciertos detalles de su vida. Esta chica era una maestra en ello, yo sin embargo siempre fui algo patoso con mi intimidad. Resulta interesante también lo mucho que la gente intenta encajar. Ninguno allí era cercano a, llamémosla Nekane,  -  como ya dije su nombre real es demasiado común -  y sin embargo habían acudido a su invitación. Toda esta situación me intrigaba de tal forma que si pudiese dormir seguramente mis pensamientos me desvelasen.


Estaba divirtiéndome bastante con el vaivén de la gente por la casa, las conversaciones y el ambiente festivo, las críticas y las torpes confesiones de amor y cariño que se propagaban como la pólvora y  el alcohol.


Nekane seguía paseándose impasible por la sala, me había dado cuenta de que las reacciones que tenía cuando alguien se dirigía a ella eran sistemáticas y que había algo más que ocupaba su mente. Al poco descubrí de qué se trataba; su gato el innombrable estaba escondido bajo una estantería espantado quizás por las docenas de pies que danzaban y recorrían el salón. Una medio sonrisa se dibujaba en su rostro mientras lo recogía con naturalidad y desaparecía  tras la puerta que conectaba a la cocina.


Qué incertidumbre. De verdad que me llamaba la atención a dónde se dirigía pero la fiesta era apetecible y más cuando nadie se imaginaba que yo estaba allí. Así que me quedé, es la primera fiesta que se organiza en esta casa desde que perdí la capacidad de hacerlas. Por supuesto todos sabemos lo que ocurre con la rutina.


La velada seguía su curso y yo me había decidido a descender y pasear entre los invitados. Podía decirse que era un poco anfitrión también, para qué negarlo. Hasta sufría cuando alguien se apoyaba cerca de algún objeto frágil. En una de estas un acto reflejo me traicionó y me tiré al suelo para evitar que un jarrón se estrellase contra él. Me sentía bastante idiota mientras caía pero algo ocurrió, ¡agarré el jarrón! y lo peor de todo es que la gente que estaba alrededor pudo ver los efectos de mi hazaña y comenzaron a correr despavoridos mientras a sus ojos un jarrón flotante se recolocaba en su sitio inicial.


Nekane apareció en el salón alarmada, nunca en todo el año que llevaba en la casa había visto esa expresión en su rostro. Por suerte no presenció lo que acababa de ocurrir, sólo los destrozos que causó el pánico en una masa de gente ignorante. Me sentí bastante dolido.


Un hombre mayor se le acercó, supongo que para contarle lo ocurrido. No lo sé, yo estaba en la otra punta del salón ya vacío. Lo intuyo porque se fue con aquel hombre y el gato. Nekane no durmió en casa aquella noche ni las dos siguientes.


Los días posteriores a la fiesta se me hicieron eternos, ingenuo de mí, hasta que un día la puerta de la entrada se abrió y Nekane apareció con esa expresión de tranquilad en su rostro, como siempre, pero no venía sola. Una mujer anciana la acompañaba. Daba escalofríos el extraño balanceo con el que caminaba.


No recuerdo muchos más detalles de ese momento porque por primera vez, por primera vez en veinte años alguien se dirigió a mí directamente. De una forma muy grosera por cierto y como las groserías no las tolero y por más que le decía parecía que o no podía o no quería escucharme, cogí ese mismo jarrón que había salvado de un terrible destino y lo lancé contra la pared. Sé que lo hice mal, soy consciente de ello pero no llevo bien la frustración de no poder comunicarme cuando alguien me falta al respeto.


Automáticamente la anciana comenzó a lanzar improperios, a gritarme y maldecirme y me echó de ‘mi’ casa o ‘nuestra’ casa, qué mas da. Como si tuviese algún derecho. Me enfurecí cuando observé a Nekane asintiendo con la cabeza, no le había dado problemas nunca, había intentado salvar su fiesta y ¿de esta forma me lo agradecía? No me dio tiempo a hacer mucho más, de repente aparecí en este lugar donde no hay nada y está oscuro. No estoy triste pero a veces olvido moverme, tanto tiene estar aquí o allí si es lo mismo. Estoy perdido, relegado a un cajón olvidado quién sabe desde cuándo ya. El tiempo pasa diferente, ni rápido ni lento: eterno. He pensado mucho sobre todo esto y parece mentira cómo los recuerdos de aquella confrontación se han ido difuminando. Sin embargo tengo una imagen clara del gato, ese gato anónimo. No le he puesto nombre aún, ya pensaré algo.


Y Nekane… qué decir de ella, Nekane acabó conmigo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sal de mi habitación



Para qué negar lo evidente. Hay veces que la vida va bien, mejor que bien y entonces da un giro de 180 grados. Pero asombrosamente todo sigue bien, incluso mejor.

El cambio más grande que viví fue cuando apareciste. Yo ya llevaba partiendo la pana por estos lares dos años, ya sabes. Y llegaste tú con tus berridos, con tus ‘ezto pa mí’ silenciosos, marcando tu territorio con babas y monerías que a todo el mundo encantaban y que a mí me parecían muecas de asco. Vamos, un estorbo. 
Eso pensaba, ingenua de mí, hasta que empezaste a andar. Ahí ya casi me corto los rizos y dimito. Fuiste mi primera archienemiga, fuiste la primera persona por la que empecé a preocuparme porque mira, voy a ser sincera: antes de ti sólo era yo y esa nueva situación me sacaba de mis casillas. Y aunque a veces te ponía la zancadilla (metafórica y no tan metafóricamente hablando), aunque disfrutaba de una forma enfermiza diciéndote que eras adoptada y escapándome de ti siempre que podía, en realidad, no te quitaba ojo de encima porque también fuiste mi primera amiga de verdad. Conseguiste que mi vida fuese contradicción pura. Me ayudaste a diferenciar el bien del mal con tus revoluciones hacia el sistema jerárquico que había impuesto. Es más, recuerdo (tal vez porque te encargas tú de sacar el tema siempre que se te pasa por la mente) cuando te revelaste por primera vez tras haberte ordenado algo y me dije: ‘Algo pasa con Ale, está rara. No la entiendo.’ Y poco a poco fui comprendiendo que era una tirana y no la tía ‘cool’ de cinco años que pensaba que era. Un dramón para mí, puedes imaginarte.
El caso, tú y yo nos llevábamos a morir. Y es que cuando no estabas dándome el coñazo, estabas cayéndote a un río, o alguien unos años mayor que tú se estaba metiendo contigo, o te metías pesetas por la nariz. Me tenías loca la cabeza. Yo te tenía puteada. Empatadas.
No sé cómo sobreviviste a tu infancia con la mala suerte que tenías y conmigo como hermana mayor, pero lo hiciste. Eso ya demuestra una capacidad de superación digna de mencionar.
Los años siguieron pasando y cuando pensaba que todo se iría normalizando tú y yo nos llevábamos peor y cada vez había más peligros a tu alrededor. No sé cómo papá y mamá no te encerraron en una burbuja, todos habríamos sido mucho más felices.
Y un día, cuando ya casi no me aprovechaba de ti y nos repartíamos las tareas encomendadas por los jefes del hogar tuvimos esa conversación extraña en la que hicimos las paces. Años de guerra continuada, después de mil batallas que ni el mismo Napoleón o cualquier tipo bajito y con ejército podría haber soportado sin perder la poca cordura que tuviese se resumían en un: ‘tú en realidad me caes bien’ mientras poníamos el lavaplatos. 
Pero ojo, que lo nuestro es trágico. Porque sí, hicimos las paces y sí, los siguientes años muy bien todo pero tampoco duró mucho la cosa porque me fui de la ciudad y ahí te quedaste tú. Allá, en el quinto pino, yo. Sufriendo porque papá y mamá no tenían la destreza suficiente para sacarte de los ríos.
Bueno, podría continuar pero me parece suficiente texto lo escrito cuando en realidad todo se puede resumir en dos palabras.
Pero somos hermanas, querida, y las hermanas no se dicen esas cosas porque cuando se dicen: choca. Vaya si choca. Como que te queda mal cuerpo, ¿sabes?
Entonces, he decidido que para acabar esto de una forma realista, haciendo justicia a nuestra buena relación y obviando que estás a kilómetros de mí, me permito el lujo de decirte:
Sal de mi habitación.


martes, 21 de octubre de 2014

Papel oxidado


¿Que cómo se siente? 

No sabría explicarlo de una forma menos vergonzosa pero podría decirse que la sensación es similar a cuando coges una fotografía antigua en la que salen familiares de los que sólo has oído hablar alrededor de otros ya cercanos, con sonrisas sepias y ropas impolutas, tomando la merienda en un jardín un día soleado y recuerdas todo como si hubieses estado ahí mientras el olor de sus cafés se mezcla con el del papel oxidado de la fotografía.
Miras la parte de atrás porque están escritos los nombres con la fecha.
Y, para acabar, miras el reloj.
Así se siente.

martes, 14 de octubre de 2014

reLEGIÓN

La mayor parte del tiempo los sentidos y la mente nos engañan. Es difícil confiar en alguien, de la misma forma que es difícil confiar en uno mismo. Resulta difícil porque nadie, ni siquiera nosotros, conseguiremos conocernos nunca. Quizás aunque no estemos solos, estamos perdidos. Quizás, a fin de cuentas, todo aquello de lo que me he intentado alejar todo este tiempo sea lo que consigue que exista gente feliz a pesar de todo. Y que nuestra raza haya sobrevivido durante tantos siglos. Sin embargo no pienso que deje de ser una ilusión. Una burbuja que nosotros mismos hemos creado donde el bien y el mal están reglados única y exclusivamente por lo que le afecta a nuestra especie. Que todo está entrelazado. Que estamos perdidos, no solos. Sólo nos alejamos para evitar ser conscientes de lo mucho que tememos. Porque el mundo es un sitio tranquilo y quizás, sólo quizás, no haya demasiado que conocer de nosotros mismos. 
No somos infinitos, ni especiales. Ni siquiera somos excesivamente inteligentes. Somos motas de polvo entrando por una ventana un día de sol. Bonitas y poco conscientes de su existencia. 
Tenemos límites y creerse dioses no deja de ser una especie de fiebre que nos nubla. No acabaremos de conocernos a nosotros mismos nunca porque no queremos. Porque inventamos mil y una historias para explicar lo que está ahí desde siempre. Porque no aceptamos que somos limitados y que hay cosas que no comprendemos. Porque no podemos. Porque tenemos miedo. Porque mentimos y creemos.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Cosas de Christine: Parte 179103

Siempre quise ser psicóloga. Desde que tengo uso de razón. Bueno, quise ser muchas cosas pero ‘psicóloga’ fue una constante a lo largo de mi vida. Voy a saltarme todo lo demás (que es importante, pero prefiero ir al grano) hasta mis dos últimos años de instituto: A punto de cumplir mi sueño, cayó la buena suerte durante una temporada, entre otras cosas, y un telón negro hizo parar las últimas escenas. ¿Conclusión? Lo que a muchos estudiantes les pasa, exámenes en septiembre, selectividad en septiembre… Es decir: pérdida de plaza de la carrera que me interesa e inicio de otra que me permitió seguir con "ese" camino que me han ido marcando desde pequeña. La verdad es que sentí algo de miedo. Era como si el Futuro (ese, ese mismo del que todo el mundo habla) fuese a pisotearme si no hacía algo ipso facto para evitarlo. 
No lo consideraría un error, aunque no era lo mío. Recuerdo que ese año en concreto aprendí más que en todos los anteriores. Sobre todo aprendí de la gente que me iba encontrando por el camino, aprendí a ser más persona y quitarme de encima prejuicios estúpidos y sin sentido que me limitaban. He de decir que también aprendí mucho de mí. Iba poco a casa -para qué negarlo- y eso me permitió pasar más tiempo sola y conocerme mejor. Fue entonces cuando me di cuenta de un pequeño detalle: no quería seguir estudiando en lo que me había matriculado. Empecé a barajar las posibilidades. Como dije al principio, siempre quise ser psicóloga, pero también quise ser otras cosas: bombero, médico, veterinaria, pocera en África (sí)… Y un largo etcétera. ¿Qué hacer entonces? Creo que nunca había estado tan confusa. Cuando comentaba que ser psicóloga siempre fue una constante no era del todo cierto, que sí, siempre quise, pero había otra que se daba y en la que no había caído. Siempre quise cambiar el mundo. Un sueño algo ambicioso, imposible a juicio de muchos y por ello estúpido, pero qué se le va a hacer.
 Una vez tuve claro lo que quería hacer, el siguiente paso era determinar cómo. Pensé mucho, aunque no me creáis. Tanto que a veces, del cansancio, me encontraba con la mirada perdida en el vuelo de una mosca. Estaba metida en un buen problema y no sabía a quién acudir y ahí tomé la decisión: volvería a intentarlo con psicología. Soy una persona con mucha suerte -para qué mentiros-, muchísima, pero suelo forzarla demasiado, así que a veces no cuela y me deja tirada por ahí. Como soy consciente de eso me dije que estaría bien tener una segunda opción. Y tercera. Y cuarta. ‘Cristina, sabías que era necesario’. Y fíjate que listiña salí que tras el cambio de selectividad, ponderaciones y demás catastróficas desdichas mi media bajó y me quedé por segunda vez consecutiva sin entrar en psicología. Maldita sea, siempre al límite. Menos mal que mi segunda opción era… Cómo se llamaba... Pedagogía. Sí, qué guay, Pedagogía. Vamos a Pedagogía, ¿Qué es eso? Psicología para niños ¿o qué? ¿Por qué no?, ‘pos ok’, pensé. 
Por si no os habíais dado cuenta (yo en ese momento no era consciente) acababa de vivir uno de los mayores golpes de suerte que tuve nunca. Ahí estaba yo en una clase nueva, con gente nueva y en una carrera nueva de la que nunca había oído hablar. Yo creo que el flechazo lo tuvimos al segundo mes. Poco a poco, empezó a llamar mi atención a través de distintas asignaturas y temas que en estas se trataban y que entre compañeros y compañeras comentábamos, trabajábamos y debatíamos. Empecé a sentir que encajaba en ese mundillo y que llegado el momento, podría hacer grandes cosas con lo que allí me enseñaban (vale, y me están enseñando, que aquí sigo, lo sé). 
Aunque me encanta aprender, lo que es estudiar, estudiar no se me da demasiado bien, pero le echo ganas, a veces. Otras… Otras, me faltan excusas, la mayoría. Otras me falta motivación, de ahí que escriba esto. El caso es que, para resumir, lo que yo quería plasmar aquí es que sí, sigo estudiando y sí me está llevado tiempo sacar un título, pero quería compartir con vosotras y vosotros lo feliz que soy con esto, lo mucho que estoy aprendiendo, no sólo con libros, y lo bonito que es saber que haciendo lo que hago voy cumpliendo poco a poco, como suelo hacer todo, ese sueño constante que siempre me ha perseguido. 
Y qué mejor forma de terminar esto que con esa frase que tanto me gusta: Voy a cambiar el mundo algún día, después del café.

domingo, 31 de agosto de 2014


Me cuesta diferenciar en dónde acaba mi tristeza por no saber expresarme a través de la música  y dónde empiezan todas esas emociones de las que me empapo al escuchar la armonía de las notas. De una forma u otra, es el único arte capaz de elevarme a la cumbre del mundo, donde todo es posible y donde existo más que en ninguna parte.
Una de las pocas cosas que ha conseguido hacer bien el Ser Humano, aunque no estoy muy segura de cual de los dos vino antes.

La música, junto con el Universo, deben ser de las pocas cosas ilimitadas, incomprensibles y de las más maravillosas que existen.


martes, 26 de agosto de 2014

Conexión

A sus nueve años había dos cosas que competían en su mente por hacerse un hueco mayor. La primera eran los sueños, la imaginación, era incapaz de controlarlos. A veces, aunque estuviese hablando con sus padres o jugando, su cabeza estaba en otro mundo. Muy parecido a este pero con mil posibilidades más y colores que nunca antes había visto.
La segunda era una pregunta. Una simple pregunta, ¿sorprendidos?  
Era observadora, muy observadora. Le gustaba ver los nervios en las hojas de los árboles, cómo cambiaban de color cuando la luz del sol las atravesaba o como repelían la lluvia, igual que el cristal del coche tras el que miraba. Le gustaba observar los circuitos caóticos que recorrían las moscas y sentir el viento en su piel, cortante. Le gustaba tocar el suelo y respirar hondo mirando a las nubes. Le gustaba mascar arena en la playa, cuando sus padres no la veían y subirse a las ramas más altas en los parques para cambiar de perspectiva mientras se hacía la misma pregunta, una y otra vez. ‘Tiene que haber una conexión ¿cuál?’
En su veintena seguía siendo igual aunque intentaba disimularlo mientras la pregunta se le repetía en la cabeza como las guerras durante la historia. ¿Cuál sería la conexión entre todas esas cosas que veía a diario? Y de repente, un día tras la comida, un día cualquiera sin nada especial a ojos de otros apareció algo volando en la habitación, anárquica y dulcemente, algo que nunca antes había visto. Porque no existía, claro. Abrió mucho los ojos y la vio con claridad. Una repuesta: ‘La conexión, la conexión soy yo.’

martes, 19 de agosto de 2014

Familia

Posiblemente no se pueda querer a nadie tanto como para odiarlo de esta manera y es que así como te da la vida, te va minando poco a poco sin darse cuenta del asombro que genera su imperfección.

Te apoya incondicionalmente pero con condiciones y lamentos. Sólo como ella puede o sabe hacerlo. 

Salí de cabeza y de cabeza me trae. Y la quiero tanto pero la odio tanto que a veces ni puedo dormir contemplando cómo pasa el tiempo.
Ella cuidándome como nadie más puede. O sabe. Como más detesto y busco. Como más daño me hace: preocupándose y queriéndome, incorrectamente pero sólo como ella sabe. O puede. O le enseñaron. Como me está enseñando.

Y no nos confundamos: se lo agradezco.
Pero la odio.

Y la quiero

domingo, 17 de agosto de 2014

5 Xuño 2014

Supongo que vivir consiste en ir cerrando etapas, abriendo otras nuevas y mirar al frente. Hace unos meses cerré una etapa muy importante, no podría decir que de las más importantes pero quizás sí de las que más he disfrutado y sufrido. Cuando me voy de un sitio me gusta despedirme y agradecer el buen trato que haya podido recibir. En parte eso es lo que hoy me trae aquí. Quiero agradecer. Aunque no sólo a los amigos o cercanos con los que he tenido o tengo una buena relación, quiero agradeceros a todos y cada uno de los que habéis pasado por mis días, aunque los hayáis rozado por un solo momento (esto también va para vosotros). En especial a aquellos con los que, por casualidades del destino, mala suerte o incompatibilidad (puede que todo sea lo mismo) hayamos terminado mal. Siempre he gozado de una buena memoria, a veces he odiado eso cuando he querido olvidar y bueno, he llegado a la conclusión de que olvidar es un error. En primer lugar, gracias a estos últimos que he mencionado, dicen que en los malos momentos o malas rachas es cuando más se crece y avanza. Muchas veces recuerdo errores que cometí con vosotros. Lo siento si os he hecho daño en algún momento, me gustaría que supieseis que he aprendido de ello. Gracias. Muchas gracias también a aquellos que aparecisteis y os marchasteis de forma fugaz, coincidir ha sido todo un placer y os deseo lo mejor. Espero que muchos os deis por aludidos. Gracias a los que desde que aparecisteis formáis parte de mi rutina de alguna forma. Si existe alguien o algo más ahí arriba debe estar harto de mi gratitud. Y de vosotros, de paso. La mayoría de los que he mencionado y cada uno de vosotros en los que estoy pensando, en conjunto, también habréis cerrado o estaréis a punto de cerrar una etapa, vuestra etapa. Me alegra ver que muchos salís adelante y que otros tantos lucháis por hacerlo. Para acabar, gracias, una vez más, por vuestra paciencia y por hacer posible que recuerde con tanto cariño estos últimos años. No cambiaría nada. Y eso sí que es lo más grande que puede pasar. Hace unos meses cerré una etapa, en definitiva, feliz. Sois parte de la base de las demás. Sois importantes.

domingo, 13 de julio de 2014

Hoy

Hoy me he levantado con el corazón lleno y un no sé qué en el alma que invitaba a llorar. He podido mirar por la ventana mejor que otros días, sin dudas y he soñado el mundo entero. Hoy he despertado joven porque esta noche luché dormida. Hoy me he encontrado ideas blancas naciendo entre mi pelo y he sonreído porque son pocas pero las he visto. Hay algo especial en el ambiente esta mañana, el aire no es el mismo y el salitre no huele igual. Los barcos anuncian su llegada y las sirenas invaden el puerto, cuando el agua acaricia el pantalán.  Hoy no existe mañana y tampoco existió ayer, hoy existe ahora y ahora cuenta para siempre. Siempre. Hoy es eterno y una vez más: hoy he despertado con el corazón lleno y un no sé qué en el alma que invitaba a llorar mientras vivo para siempre.


domingo, 22 de junio de 2014

Microcuento:


Aquel día el ambiente estaba tenso. Había un silencio incómodo plagado de momentos pasados y nostalgia. Aun así todas sonreían porque es lo que hay que hacer.
Ninguna sabía por qué sentían tristeza y cada una lo hacía a su manera cómo no, siempre a su manera porque es lo que hay que hacer. Son aquellas pequeñas cosas, como decía Serrat, que nos dejó un tiempo de rosas. Rosas con pequeñas espinas de felicidad que se clavaban en sus grandes y resistentes corazones, quizás excesivamente desprotegidos en un mundo que estaba a bajo cero, incluso en verano. Pero un mundo, a fin de cuentas, que las había unido de forma natural.

Minicapítulo 1: Alfil
Observa y ríe. Siempre ríe. De alguna forma es capaz de conectar con los demás sin decir una sola palabra. Trabajadora, como la que más y humilde como nadie. Quizás de todas la que más ha cambiado transformándose en un ejemplo de superación difícil de imitar. Cabeza pensante, responsable y flexible. Afable. Buena.
Los calificativos positivos no llegan para ella. Nunca escucharás una palabra más alta que otra de sus labios porque no le hace falta. A ella se le escucha de la misma forma en la que los náufragos observan un faro. Con atención y consuelo.


Minicapítulo 2: Torre 

Alegre y resistente. Fiestera y madura, siempre sociable. No creo que exista una sola persona con la que no encaje o a la que no encante.
Natural, porque para qué va a ser de otra forma, si no la hay mejor. Gran potencial con un gran pellizco de iniciativa. Acento que repiquetea, como un día de lluvia fina en Santiago. Del sur pero de alguna forma siempre encontrando el norte. Brújula y triángulo de las bermudas. Hermosa por dentro y por fuera.

Minicapítulo 3: Caballo

Terremoto. O ciclón más bien. Nunca deja a nadie indiferente, eso sería como desafiar a la más probada de las leyes de la Física. Hogar, donde quiera que esté. Espíritu inquebrantable y con miles de cartuchos cargados de munición verbal. Torbellino de emociones. Malabarista de tiempos que saca hasta de debajo de las piedras. Soñadora irremediable que patea calles como el pasillo de su casa. Es consciente de que algún día se comerá el mundo, si quiere, porque de momento lo moldea a su gusto.

Minicapítulo 4: Reina

Tú la ves sonreír, un buen día y después de contarle un chiste malo, puede que hasta terrible, y te das cuenta de que ve lo que le rodea de forma diferente. Vive el momento de una forma muy peculiar. Sin prisas, sin pausas, sin presiones pero con orden. Su orden.
La calma después de la tempestad y con aspecto jovial. Con un ingenio que de vez en cuando se le escapa a borbotones y otras veces se guarda para ella. Con mucho que aportar a todos, con poco que esconder y con algo especial que envidiar.


Después de cuatro años de capítulos resumidos en cuatro secciones que no les hacen justicia, me veo anunciando un ‘jaque’ a la vida. Un poco más cerca de mi objetivo, casi a punto de completar el nivel y con unas valiosas piezas a mi lado, cada una distinta e imprescindible. Perfectamente talladas.
Pues eso, Vida: Jaque.





viernes, 9 de mayo de 2014

Humanidad y otras tecnologías

Últimamente he estado pensando en las relaciones humanas y cómo las nuevas tecnologías influyen en ellas. He leído muchas críticas tanto negativas como positivas sobre lo malo que son los teléfonos móviles, las redes sociales y el ordenador para nosotros. Situaciones como quedar en una cafetería con tus amigos, o quedar para comer y estar pendientes del teléfono está a la orden del día pero ¿hasta qué punto la causa de este comportamiento son esas pantallas?

La forma de relacionarnos está cambiando. Es algo que pocos se atreven a negar. Evolucionamos. Estamos en constante evolución y en constante cambio y, centrándome en los móviles, las necesidades comunicativas cambian. Simplificando mucho, supongo que en un principio nos llegaba con hablar en persona, transmitir un mensaje a alguien que estuviese delante. Más tarde la necesidad de comunicarse a través de la distancia nos llevó a la utilización de teléfonos fijos, cabinas etc. Pero eso no bastaba, a veces el mensaje no llegaba porque no estábamos cerca del teléfono para recibirlo y entonces aparecen los móviles. Maravillosos móviles. Poder comunicarse con alguien en cualquier momento, en cualquier lugar, es una bendición. Vuelve a aparecer un problema y es que, en ocasiones, no se puede responder al teléfono. Llegan los SMS, derivan en el Whatsapp, Telegram u otro tipo de aplicaciones de mensajería instantánea. Ya no sólo somos capaces de comunicarnos en la distancia, sino que también somos capaces de hacerlo en el tiempo y de una forma mucho más eficiente que por correo ordinario.

Volviendo a lo que decía al principio, hay críticas de todo tipo en lo referente a de qué forma nos afectan estas nuevas herramientas. Desde mi punto de vista no hay nada de malo, obviamente con un consumo responsable, ese consumo que no hacemos pero de nuevo: ¿hasta qué punto la causa de este comportamiento son esas pantallas? ¿Y si esta adicción no es más que un síntoma? ¿Y si la falta de empatía y la falta de interés por otros viene por un problema más grave?

Si retrocedemos en el tiempo, muy atrás, hasta el inicio de nuestra especie, quizás podamos ver de forma más clara nuestra condición animal. Somos animales, somos animales sociales que se comunican. Ahora volvamos a la actualidad y pensemos cuántos de nosotros tenemos en cuenta este hecho a lo largo de los días. Dicen, o por lo menos yo he escuchado, que las personas que tienen perros y dedican gran parte de su tiempo a ellos son más felices (y eso se nota en el trato con ellas). Me pregunto si influirá el hecho de que si asumes la responsabilidad de hacerte cargo del animal te obligas a hacer ciertas actividades que de otra forma no harías: dar largos paseos, por ejemplo, o visitar parques y zonas con vegetación… Puede que gracias a ellos nos mantengamos un poco más en contacto con lo que realmente somos.

Pienso que la clave reside ahí, en este proceso evolutivo no hemos sido capaces de administrar nuestra inteligencia de una forma sabia. Pensamos continuamente cómo seguir creciendo, vivimos en ciudades repletas de ruidos, luces, gente y contaminación. Vivimos en un mundo poco real, una burbuja que nosotros mismos creamos y dominamos. Vivimos de forma que cuando pensamos en la Tierra sólo nos viene a la cabeza este mundo inventado, nuestro y de nadie más porque los otros seres con los que la compartimos están de prestado. ¡Y le echamos la culpa a los teléfonos de nuestra falta de humanidad! La tala de árboles y la pasividad ante problemas humanos, ‘de otros humanos’, animales y seres vivos en general, viene de antes. Progreso, progreso, progreso y locura. Esa locura y ese trasiego con el que vivimos.


El carácter indiferente que mostramos ahora con nuestros amigos en una cafetería no es porque estemos hablando con otra persona por Whatsapp, o estemos consultando la red social de moda. La pasividad con la que vivimos, en mi opinión, viene de algo más grande y de lo que asusta más hablar.











jueves, 1 de mayo de 2014

Atados a los 90

Siento una presión en el pecho y esto sólo acaba de comenzar. Siento que la esperanza se marcha, sin volverse. Miro tus ojos, tristes como nunca los había visto, preguntándome si son los mismos. No me reconozco en un reflejo ya marchito de una juventud aún no marchita, pero casi.
Llueve y molesta, nada crece en los campos fértiles del olvido. Yermo el pasado, desprovisto de recuerdos el presente, o por lo menos de recuerdos vívidos. Perder el tiempo es lo que hago mientras este corre indomable y yo...yo me siento a observarlo como niño que escudriña hormigas. Sin preocupaciones pero esperando algo que nunca llegará, o quizás sí pero a otros.
Una adolescente atrapada en obligaciones que nunca pidió ni imaginó. Un mundo a los hombros del animal más frágil que puedas soñar. Así es la vida, dicen. Así tiene que ser.
Lazos entrelazados de una forma caótica y colores vivos, amarrando pies y manos y quizás, sólo quizás, alguna ilusión. Y ese reloj sin cuerda hace años.
Suspiros de reflexión y preguntas apaciguan el vacío de momentos desperdiciados mientras miles de ideas mal formuladas pero con todo el sentido del mundo se agolpan intentando salir.
Siento una presión en el pecho y esto sólo acaba de comenzar. Y aunque también el final esté cerca, posiblemente envuelva algún que otro regalo con los lazos.







miércoles, 23 de abril de 2014

Cosas

Hay cosas que asustan por lo rápido que pasan. En un pestañeo tendrás un título bajo el brazo y una maleta bajo el asiento en el tren destino: ‘Ninguna Parte’, o no. Hay cosas que asustan por lo inciertas que son. Hay cosas que asustan, superas y cuando piensas que has avanzado otro peldaño más en la vida te encuentras con que todavía estás en la entrada y  te queda la escalera hacia la primera planta, de muchas.
Hay cosas que pasan, sin asumirlas pero pasan. Y no somos quien para luchar contra ellas. Hay cosas que no pasan y nos arrepentimos de por vida.
Lo único que sé y siento, no es el miedo, ese miedo. Es el terror. Terror porque este momento, este microsegundo en el que mi sangre continúa circulando, no se volverá a repetir. Nunca.

Y tiemblo. Sola. De  forma única. Para no hacerlo nunca más como ahora.